Como una gacela herida postrada en la hierva
siento las horas pasar en mi corazón.
A mi alrededor, cazadores armados hasta los dientes
me ven desvanecer, ojos helados, ahogados,
casi enceguecidos por el placer de superioridad.
Suplico sin hablar, aun sabiendo que si mis palabras
no entenderian, mucho menos mi mirar.
Aprieto los dientes esperando el final,
alguno de ellos disparará la ultima bala,
no quiero saber cual,
pues todos ellos respirarán de mi último aliento.
Dicen que la muerte es eterna,
pero esperarla, aún más.